El destino es como una carta que ha sido doblada muchas veces por el tiempo, cuyo comienzo ya está escrito: el año en que naciste, la ciudad donde naciste, los talentos y limitaciones que llevas en tu cuerpo, como las vetas del papel, que siempre están allí. También es como un río, con un cauce establecido y curvas predeterminadas, con corrientes que suben y bajan sin aviso—algunas olas vienen desde lejos, y ni siquiera tienes tiempo de volver la cabeza. Pero el destino no es una cerradura fría e implacable. Es más como la lámpara que sostienes en un viaje nocturno: no puede iluminar todo el mar, pero basta para iluminar el siguiente paso. Cómo te amas cada día, cómo eliges, cómo en medio de la pérdida aún deseas seguir adelante, todo eso en la oscuridad reescribe silenciosamente tu camino. Muchas personas piensan que el destino es "predestinado", pero en realidad es más como una "acumulación": una y otra vez de retrocesos, que hacen que el camino se estreche cada vez más; una y otra vez de práctica y perseverancia, que hacen que el mundo encienda más señales para ti. Cada vez siento más que la parte más suave del destino es: permitirte florecer en lo establecido. No puedes decidir de dónde viene el viento, pero sí dónde colocas tu corazón; no puedes garantizar que cada encuentro sea perfecto, pero sí hacer que cada despedida sea más digna. El destino no busca que ganes en la vida, sino que te enseñe a desplegarte suavemente en las arrugas de la existencia. Al final, lo que llamamos destino quizás sea solo—no dejar de brillar en lo limitado, y en la incertidumbre, seguir dispuesto a amar.

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