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Muchas veces, pensamos que estamos cuidando a los niños, cuando en realidad estamos repitiendo nuestras propias experiencias de la infancia. 1. Siempre estás presionando a los niños, la vida siempre es muy apurada. De adulto, quizás te has acostumbrado a correr contra el tiempo, lo que te hace sentir impaciente con lo “lento” y te resulta difícil relajarte realmente. Esto a veces proviene de una infancia en la que eras constantemente apurado y comparado, en un ambiente familiar tenso, que hace que subconscientemente relaciones “rápido” con “seguridad”. 2. Te resulta difícil tolerar el desorden. De adulto, pequeños desórdenes te hacen sentir ansioso y te cuesta soltar el control. Algunas personas, durante su crecimiento, carecen de una sensación de estabilidad, y por eso mantienen el orden para obtener certeza y tranquilidad. 3. No sabes descansar realmente. De adulto, al detenerte, te sientes culpable, y tu cuerpo y mente permanecen siempre tensos. Esto a menudo está relacionado con la enseñanza temprana de que “solo el esfuerzo y el rendimiento tienen valor”, por lo que descansar se confunde con pereza. 4. La lloradera o los berrinches de los niños te enojan mucho o te dejan sin saber qué hacer. De adulto, puedes sentirte agobiado por las emociones de otros y también acostumbrarte a reprimir tus propios sentimientos. Si en la infancia no se permitía expresar las emociones, la persona tiende a ver las emociones en sí mismas como un problema o un peligro. 5. Crees que solo los “buenos niños” merecen ser amados. De adulto, te acostumbras a complacer a los demás, te cuesta decir no y eso desgasta tus relaciones. Esto puede venir de una experiencia pasada en la que solo eras aceptado cuando eras sumiso, y expresar tu verdadera personalidad traía críticas o castigos. 6. Acostumbras a responsabilizarte por todos. De adulto, cargas con muchas cosas tú solo, te cuesta confiar en los demás y no permites que ocurran errores. Algunas personas, durante su crecimiento, carecieron de apoyo y se vieron obligadas a madurar demasiado pronto, por lo que consideran “responsabilizarse de todo” como su forma de supervivencia. 7. Siempre te preocupa que tú o tus hijos “no sean lo suficientemente buenos”. De adulto, temes las evaluaciones, buscas la perfección y te comparas constantemente. Esto a menudo está relacionado con una infancia en la que se te negó mucho, se te humilló o se te exigió ser discreto y no cometer errores.